por la carretera

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Instagram: @alexandersorel

jueves, 9 de abril de 2015

Un caramelo



Habíamos caminado por dos días, pasando de Chavín a Olleros. El paso es un camino comercial pre-incaico, con unas escaleras de roca que llevan siglos colgando de la montaña. Ahora se utiliza mayormente como un recorrido turístico, pero los arrieros y el ganado son comunes en el trayecto; salvo, claro, el abra, a 4700 de altura.


Y ahí veníamos, tras haber atravesado el paso Yanashallash, con lluvia y viento, para luego recibir el sol abrazador de la ladera, en cuyo crepúsculo nos sumergimos en la ciénaga para llegar al refugio que nos miraba desde un cerrito, prometiendo descanso. La mañana siguiente fue soleada, con un cielo azul que contrastaba con el imponente y amenazante negro de las nubes que acompañaban a la montaña, constantemente. Ese sol quemante, que lucha con ese viento fuerte, que ruge desde las rocas como el jaguar.

Y salimos de Sacracancha, con los bototos colgando de la mochila, absorviendo rayos para secar el río acumulado por el camino. La caminata al sol, empujados por el viento, se hizo liviana pero profunda. Ese instante, en ese lugar, en ese momento fue, para nosotros, la felicidad. 

Y ahí estábamos, caminando, cuando a lo lejos vemos el ganado acompañado por su pastor. Uf, qué viaje... no sé si es la contaminación de los medios en mi mente, pero ese botija era igual a "Pedro", el de Heidi. Weón, si llevaba la misma ropa, ahí en las montañas, arreando el rebaño. Se acercó. Nos saludamos. Iba hacia el mismo lado, así que caminamos juntos. Hablamos del viento, de la lluvia, del sol, del frío, del ganado, de los turistas, de la vida en la montaña... cuando su casa se empezó a divisar se despidió:

- Chao.
- ¿Esa de allá es tu casa?
- Si ¿Tienes un caramelo?
- No, traíamos unos arroces, pero los comimos anoche.
- Ah.

Seguí mi paso, el subió la ladera y nos fuimos despidiendo con la mano en la distancia. Quedé pensativo. Andaba con un par de "cañonazo" en la mochila -son lo mismo que los "golazo" en Chile, pero con otro nombre, aunque mismos colores, tipografía y todo...

No sé bien por qué. Nunca me lo había planteado a fondo, pero no me gusta que me pidan cosas. No me considero alguien egoísta, no tengo problemas con compartir. Si estoy comiendo algo y llegas, dale, compartimos. O si estás ahí, también. De hecho, compartir un chocolate es como compartir un mate, sentir y dar placer, crear cómplices, compañeros. Pero no ando dando cosas por la vida.

Me irrita profundamente que me pidan plata en la calle. Los "mendigos" o los niños, no así los artistas, o los cabros colectando pa la toma, por ejemplo. Es que me evidencian. Me conflictúan. No sirve de nada que de una moneda. No voy a mejorar su situación. Hay que hacer otras cosas. Y ahí te cuestionai que el sistema y que la pobreza y la riqueza y la política y la economía y la educación y la cacha de la espada. Al final tomé la bici y me fui a la cresta.

Y es que me conflictúa. 

Y ahí está "Pedro", pidiéndome un caramelo. 

Y claro, un día apareció un gringo, de esos re filántropos, que viajan y sienten pena por la injusticia del exótico tercer mundo, y van por latinoamerica regalando monedas, dulcecitos, y sacando fotos ¡Son tan buenos y concientes! Y la gente se acostumbró a que le regalen weás.

¿O en realidad fui desatento y debí compartir algo?

Por ahí, fuera de la cámara, están "Pedro" y su rebaño...

-¡Voh dale, pedaléa!-

miércoles, 25 de marzo de 2015

Pensamiento de Caracol


"(...) de madrugada
con el rocío brillando al sol
amanecí por la carretera
con pensamiento de caracol"

-"Pensamiento de Caracol",   Gustavo Pena


Cuando por la mañana preparo la bicicleta, sé que se viene algo nuevo...


-¡Voh dale, pedalea!-

martes, 17 de marzo de 2015

A Machu Picchu en bicicleta

Son muchos los que, en algún momento de su vida, se embarcan en la peregrinación a Machu Picchu. Yo lo hice hace varios años. Muchos buses y trenes, fotos, toures. Ahora lo hice a un ritmo distinto. Y realmente, creo que vale mucho la pena tomarse ese tiempo. Intente bajarse del motor, y en vez de conocer el Valle Sagrado en 2 días, hacerlo en 2 semanas. No se arrepentirá.

Tramo 1: Cusco- Chinchero
Tiempo pedaleado: 4:09
Distancia: 43 k
Velocidad promedio: 10 k/h
Hora de salida: 9:50
Hora de llegada: 16:30

La salida de Cusco es una gran pero hermosa subida hacia Chinchero. No solo hay que salir del Cusco mismo, que es una tremenda cuesta, sino además pedalear pura subida por el Valle Sagrado. No obstante, el esfuerzo se compensa con las hermosas vistas, y la pendiente es más que cómoda.

Al llegar preguntamos en la municipalidad y pusimos las carpas en el recinto donde se pone la feria los domingos, cuyos techos nos protegieron de la fuerte lluvia nocturna.

Acá hay unas ruinas bastante bonitas a las que, si no quieres pagar el ticket, puedes mirar desde el cerro de enfrente.


Tramo 2: Chinchero- Urubamba
Tiempo pedaleado: 1:32
Distancia: 30.5 k
Velocidad promedio: 20 k/h
Hora de salida: 12:00
Hora de llegada: 16:30 (aprox.)

Tras la cuesta a la salida de Chinchero, nos sumergimos en el Valle Sagrado entrando en un precioso descenso que de fondo tiene un grandioso nevado. Es un tramo corto y simple, pero en el que nos demoramos una hora y media más de lo esperado, luego de que un integrante del grupo pinchara la rueda trasera tres veces ¡En tres partes distintas, no fue un parche mal puesto!




La ciudad misma de Urubamba no tiene mucho que ofrecer. Los turistas pasan por allá pues está entre Moray, Salinas y Ollantaytambo.

Tramo 3: Urubamba- Ollantaytambo
Tiempo pedaleado: 1:34
Distancia: 19.5 k
Velocidad promedio: 12.5 k/h
Hora de salida: 12:00
Hora de llegada: 13:30


Nos deslizamos suavemente por el valle, en un camino plano, con algunas pequeñas subidas y bajadas que le dan algo de sabor al camino. Eso si, la entrada a Ollantaytambo es una subida de empedrado...

Este lugar es hermoso y tiene abundantes rutas de trekking hacia ruinas en las que no tienes que pagar entrada. Es como para quedarse al menos un par de días. Nos quedamos en el camping "Ollantaytambo", el del "Hacha", con muy buen onda.


La llegada, con la entrada a las ruinas de fondo, tapadas de turistas... en temporada baja

La caminata a Pumamarca es impagable, y tampoco se paga...

Tramo 4: Ollantaytambo- Camino al Abra de Málaga
Tiempo pedaleado: 3:07
Distancia: 24.4 k
Velocidad promedio: 7.7 k/h
Hora de salida: 11:30
Hora de llegada: ?



Subir, subir, subir...

Aquí empieza lo bueno. 45 kilómetros de subida donde se escalan de los 2 mil a los 4300 mts. Curva, curva y curva. Nos fuimos relajados y a los 25 kilómetros paramos en un pequeño oasis rutero. Un buen espacio, a unos metros de una curva, con un buen pastito para poner la carpa, el río que nos provee de agua y el bosque de abundantes ramas secas. Al atardecer la niebla nos llevó a Silent Hill.




Tramo 5: Camino al Abra de Málaga- Huyro
Tiempo pedaleado: 5:31
Distancia: 85 k
Velocidad promedio: 15 k/h
Hora de salida: 10:00
Hora de llegada: 18:00 aprox.


Pero éste fue el día difícil. Waaa, si fue de esos días para recordar. Partimos la subida con una leve lluvia que se fue intensificando poco a poco. A medida que subíamos se iba poniendo más y más frío. La vegetación fue desapareciendo poco a poco hasta dar paso a la inóspita montaña. Lluvia, frío y escalada.
Llegando a la cima, aprovechamos que escampó un poco para sacar una foto

 En la cima no se veía nada, todo era bruma. Y ahí la bajada en medio de una nube que a penas dejaba ver el borde del camino, que se caía a pedazos, como mordido por el abismo, mientras a lluvia nos golpeaba la cara con fuerza. De repente, se abren las nubes para mostrarnos el valle y la larga bajada que aún nos quedaba. Con el agua constante nos lanzamos en picada, atravezando los ríos  que bajaban de la montaña cortando el camino... ahí fue cuando me fallaron los frenos y tuve que apelar al viejo truco de la zapatilla en el neumátic para poder controlar la velocidad.

Tarde, casi al anochecer, llegamos a Huyro.

Tramo 6: Huyro- Santa Teresa
Tiempo pedaleado: 3:41
Distancia: 36 k
Velocidad promedio: 9.8 k/h
Hora de salida: 12:00
Hora de llegada: 18:30


El último tramo fue, por decirlo de alguna forma, inesperado. Estábamos a pocos kilómetros de Santa María, en camino asfaltado y rápido. Comenzamos bajando y el camino nos recibió con árboles tirando mangos y paltas a destajo. No quedó otra que llenar las alforjas con todo lo que pudimos, y luego mirar con deseo los miles de mangos tirados al lado del camino. Llegamos a Santa María y tomamos el desvío de tierra hacia Santa Teresa. La vía principal, pavimentada, lleva a Quillabamba.


Silvina en éxtasis de paltas regaladas por el camino

Y ahí empezó lo difícil. Y claro, mientras más difícil, más hermoso.

El camino de tierra comenzó subiendo y no paró nunca de subir (salvo una pendiente re zarpada al llegar a destino), cada kilómetro más angosto, alto y sorprendente. Un serpenteo imposible, atravezando caídas de agua, jugando con el precipicio y las rocas. Tengo que decir que es uno de los tramos que más me ha sorpendido. Saqué muchas fotos en la ruta, pero se perdieron cuando mi celular fue tragado -literalmente- por la Montaña Machu Picchu.


Literalmente, el agua cortando el camino

Bordeando la roca, por un angosto camino de tierra

 Una parada a comerse los mangos y las paltas antes de cruzar el río


Y bueno, la llegada a Santa Teresa se sintió excelente. Llegamos con los últimos destellos del atardecer y nos quedamos en un hostal muy agradable: sin lujos, muy humilde, casi precario, pero muy lindo y tremendamente acogedor ¡No puedo dejar de recomendar a Yolanda y el hostal Koriinti! jaja. Allí dejamos el equipaje y las bicicletas.

Luego de Santa Teresa a Machu Picchu fueron unas 5 horas y media caminando: 2 y media hasta Termoeléctrica (también hay buses) y 2 más de ahí a Aguas Calientes o "Machu Picchu Pueblo" (solo hay tren).

En fin. Creo que si planean ir a Machu Picchu, la mejor opción es pensar en tomarse un par de semanas y pedalear de Cusco a Santa Teresa. Ni si quiera es necesario llevar muchas cosas. Pueden ahorrarse el equipo de camping y que los hostales no son muy caros.

Acá una de las fotitos que saqué de la mina de oro del Perú


-¡Voh dale, pedaléa!-

domingo, 8 de marzo de 2015

Gringo

No puede dejar de irritarme que me traten de "gringo". Y claro, uno va tranquilo en la bicicleta cuando escucha un grito de -¡Gringo!- ... ¿Qué pasa? ¿Cuál es el afán? No hay mensaje en esa weá. No te dicen nada, solo te gritan eso. ¿Qué importa? Puede uno pensar. Pero me molesta. Primero que todo porque odio que me identifiquen con un "green-go", aunque en realidad dudo que quienes gritan sepan qué significa "green go". Lo dicen genéricamente, a cualquiera, no solo al estadounidense. Aunque a veces me preguntan:-¿americano?- ¡Claro que soy americano, igual que tú! Y es que ni siquiera ya los sudamericanos tenemos la conciencia de que también somos americanos. Los green-gos llegaron, conquistaron y se quedaron. No están aquí, pero desde allá manejan todo acá.

Pero lo que me molesta no es eso. Es la forma en que lo dicen. Aunque de cierta forma entiendo el por qué lo dicen de "esa" forma, con ese grito despreciativo. Y es que hay rabia detrás. Y claro "¡Verde, vete!", (¡Milico culiao!) es, por definición, una no-bienvenida.

Lo entiendo. Y por eso odio que me griten gringo. -No soy gringo- les digo,-somos vecinos-.

Pero ¿Qué tan vecinos seremos? ¿A quién soy más parecido? ¿A un norteamericano, a un boliviano o a un peruano? Lo triste, es que al compararme con un peruano de la sierra, del campo, de esos pueblos por los que paso en bici y me gritan... claro, soy mucho más parecido a un gringo. Ahí, soy gringo.

Edgar y su Quechua-bike. 
Le dicen "el gringo" en Bolivia. Es Boliviano, de pueblo. Es Quechua. 
Aunque vivió mucho tiempo en "Los Estados" como él les dice. 
Le da lo mismo que le digan gringo. Es más, como que disfruta que se lo digan, 
para decir que no lo es y dar un par de insultos en quechua a su atónito interlocutor.

sábado, 7 de marzo de 2015

De un citadino y su descubrimiento de las noches sin luz eléctrica

Y entonces descubrir la luna
Y saber que alumbra
Y que crece
Y que hay cosas que crecen con ella

Y aprender

Y que son cosas que sabía, así racionalmente. Pero vivirlo y darse cuenta sin pensarlo, sino que dejarse guiar por ello... es OTRA weá.


-¡Voh dale, pedaléa!-

viernes, 27 de febrero de 2015

(Re)leyendo (en) el camino


"Si quieres cambio verdadero, pues, camina distinto"
-Calle 13

Y es que el caminar distinto implica (re)conocer el camino.


Y así todo camino es nuevo, aunque ya haya sido recorrido (y es que fue de otra forma!), y todo lo nuevo es (re)conocido -símil-

Y entonces -waaa!-, esas frases que siempre has leído toman nuevos sentidos -saber/sabor-; un valor inusitado...

"Caminante no hay camino
se hace camino al andar" 

Mierda, que fuerte.

Y aprender -descubrir- el (re)hacer(se) el camino...


-Voh dale, pedaléa!-

viernes, 20 de febrero de 2015

Sentir la ruta (Elogio a las cuestas parte III)


Te enfrentas, entonces, a kilómetros de inmovilidad. Y es que avanzas, pero te mantienes donde estás. El avance es vertical, no horizontal. Es espiralado, repetitivo, pasando una y otra vez por el mismo punto, pero un poco más arriba.

Y ahí vas, subiendo, pedaleando, como lo haces en todo el resto de la ruta. Pero llega un momento en el que tus sentidos se abren; como cuando te sumerges en la oscuridad y no ves nada, pero poco a poco tus ojos se van acostumbrando y comienzan a aparecer las siluetas, de esa misma forma se desembotan los sentidos en la cuesta, y es ahí cuando no vas por la ruta, sino que sientes, vives, la ruta.

Y ahí vas, concentrado, subiendo, enfocado en tu movimiento. Sientes el esfuerzo de las rodillas, el pulsar de cada músculo de tu pierna, hasta que en el silencio, oyes un eco en la lejanía, un sonido que reconoces: es el ladrido de un perro, pero que no está acá, sino que metros más abajo, ese que dejaste atrás mientras se acercaba cada vez más a tu pierna... y es que claro, estás pasando por el mismo punto ¿Sabrá el animal que estás ahí, sobre su cabeza? Y mientras piensas en eso el ladrido se ve opacado por un sordo resonar, que aumenta paulatinamente; sabes que se convertirá en un fuerte estruendo, sabes que se acerca, sabes que es ese camión que viene solo una curva más abajo y que te alcanzará tarde o temprano. Te concentras entonces en mantener tu carril, en apartarte del centro de la pista, y en ese movimiento dejas de escuchar lo que te rodea y sientes como tu bicicleta también lo sabe; la escuchas, escuchas el crujir del sillín de cuero, el metálico sonido de la cadena que pasa de un piñón al otro, cambiando el ritmo de tus piernas, de tu respiración, y entonces te escuchas a tí y sientes el palpitar de tu corazón y como la sangre recorre tus brazos que aprietan firme el manubrio para llevarte al borde de la carretera, cada vez más cerca del abismo, de esa caída que te sorprende en la curva, esa quebrada que te golpea la cara y te obliga a frenar...

Y ¡Uf! contemplas. Miras la montaña. Bajas tu cabeza para seguir el serpenteo que te ha llevado hasta donde estás. Respiras hondo. Sacas la caramagiola, tomas un corto sorbo de agua y montas tu bicicleta. El brooks cruje con tu movimiento y la cadena grita con el primer pedaleo, para luego pasar al suave susurro del ritmo constante de la escalada. Tus piernas se alinean con tu respiración para retomar el viaje y entonces escuchas un ladrido sordo, en la lejanía, ahí atrás...